SUPERHÉROES EN PARACAÍDAS

 

Es una bolsa con dibujos del Hombre Araña, Batman, la Mujer Maravilla y sus secuaces. La bolsa está unida a unos cordeles y a un mono animado. Es una especie de volantín o cometa, pero no se eleva necesariamente en las fiestas patrias. Se vende en plena calle, por lo que muchas veces se ve afectado por los autos. Hay más de cuatro diseños distintos y el precio es accesible. Los niños se quedan un tiempo para mirarlo y a veces, sin éxito, le piden a sus mamás plata para comprarlo. Son fabricados por el mismo vendedor y es él el único en tenerlos.

Precio: $1.000

Una muy buena opción para reemplazar a los volantines. Una idea económica y original para que los niños dejen Los Simpsons y salgan a respirar aire sucio. Las plazas son ideales para encumbrar estos paracaídas y mantenerlos el mayor tiempo posible en el aire. Es una posibilidad para que tanto Superman como Batman convivan sin problemas y superen sus diferencias. Es la oportunidad para que la Mujer Maravilla se la juegue por Superman y deje finalmente a Robin. Gracias a Juan, el vendedor, y sus ásperas manos, hoy existe la posibilidad de apelar a la paz y frenar, de una vez por todas, los principales conflictos en el mundo. ¡NO A LA GUERRA!

COCHAYUYOS IMPORTADOS

Algas marinas traídas directamente desde Pichilemu. Están amarradas en forma de regalo y se pasean por todo Patronato. El vendedor es el encargado de transferir la mercancía para ofrecérsela a la gente y lograr que compren. Se transfieren en un carro traído seguramente de La Vega y gracias a la fuerza del comerciante. El vendedor se nota algo cansado, le corren un par de gotas, pero los cochayuyos están en perfectas condiciones. Huelen a mar y por lo mismo, a sal.

Precio: $1.000

¿Para qué ir a La Vega si un señor nos trae el producto a nuestras manos? Es él el que hace el trabajo, los compra, los amarra, los ordena y los lleva a domicilio. Él grita, nos aconseja y nos trae, lo que él dice es “la mejor calidad” desde regiones. El producto no vende tanto como las poleras pokemonas, ni siquiera como un polerón fosforescente, pero sí es una muy buena opción para las pocas personas que los comen.

ANTEOJOS PARA SEMI CIEGOS

En gran parte de los cuneta shopping abundan los lentes último modelo. No tienen nombre, son de plástico y apenas dejan ver. Dicen que son hechos en China, como casi todo en el sector. Son de porte mediano y tienen unas cuantas líneas horizontales. Los vendedores aseguran que son los que usa Paris Hilton. Hay rosados, celestes, amarillos, rojos, verdes y negros. Es la moda top de Patronato. Alrededor de cada diez pasos hay un lente como éste y cada una cuadra, una joven con uno puesto.

Precio: $1.500 o $2.000

De poca calidad pero salen en la tele. Se venden constantemente y a mayor precio del que se debiera. Son innovadores hasta el punto de imponer una nueva moda y por lo tanto, de convencer. Nunca se habían hecho lentes con la intención de tirar pinta y ver con interlineado. Son útiles si es que las personas tienen ojos biónicos y pitillos de colores para poder combinarlos. Una vez que son adquiridos, la mayor parte del día se usan sobre el pelo y no tapando los ojos. En el fondo no son lentes, son sólo anteojos, un material plástico para adornar. Fin último: posar.

SOMBRERO CANDELABRO

 

La tienda Joujou Indú hogar, nos trae un candelabro diferente. No se pone arriba de una mesa. Sirve para bailar “El baile del candelabro”. Las velas no se tienen que mover, ni menos se pueden caer. La idea es menear las caderas pero nunca la cabeza. Está fabricado de cobre, pero misteriosamente pintado de color dorado. Traído a Chile directamente de Egipto, pasando por el Nilo y llegando después al Mapocho.

Precio: $39.000.

El primer candelabro que no pretende adornar. Por primera vez no es importante que combine con el mantel o que haga juego con las servilletas. Es el único candelabro que no pesa tanto y que no va al centro de la mesa, sino sobre la cabeza. La tienda Joujou es la única en Chile que tiene este objeto. La sensación al ponérselo es como los gorros de las vedettes y por lo mismo, es difícil de equilibrar. Es importante el papel del candelabro: la base, lo curioso, para un baile totalmente desconocido para el país. Ahora, llegar a entender por qué bailar con velas y mover las caderas, no tiene sentido. Lo importante es que se ve bonito. Si alguien despierta con la necesidad de tener velas sobre su cabeza y sacar unos cuantos abdominales, en Patronato puede estar la solución.

El barrio Patronato nos muestra una exposición de diversas tendencias y modas. Las calles lucen coloridas gracias  a cada prenda que desfila fuera del local. Luego de recorrer el sector completo, nos hemos fijado en tres tiendas en particular. Cada una representa una tribu urbana, que tanto siguen los jóvenes. La ubicación, los precios y la última chupá del mate solo aquí, en la sección Patroway. 

EL TEMPLO DEL PLACER

La Iglesia Coreana antes que iglesia es un parque de diversiones para los niños, un colegio, una casa y un restaurante. No enseñan sólo con una Biblia y comen diariamente más que los chilenos en las fiestas patrias.

 

En Patronato no solamente hay ropa fashion y las mejores picadas. Hay un mundo que muy pocos conocen. La Iglesia, ubicada en la calle Buenos Aires 447, recibe más de trescientas personas y compran veinte kilos de carne al día. Los coreanos no le tienen miedo al colesterol ni a la diabetes, ni menos a la crisis económica.

Desde afuera el templo parece una capilla hecha de ladrillos, luego de mucho trabajo y gracias a unas cuántas donaciones. Pero al entrar no se ven sillas, ni cruces, ni ningún podio: todo es blanco, hay escaleras y no se ve una pared cercana. Hay muchas letras chinas y pocas traducciones. La sala de música tiene varias guitarras eléctricas, una batería, dos plasmas, tres pianos y una gran acústica

Otra sala está destinada a los niños coreanos: una especie de jardín infantil. Hay calendarios, dibujos, nombres indescifrables y muchas biblias. Tiene una alfombra roja y más sillas. Hay también un piano y varias mesas. Son en total siete salas en el primer piso.

Pero no todo es aprender. También existe un interés por el deporte: tienen una multicancha, pelotas de fútbol, una red, bates de béisbol y mucho más. Es el momento donde, tanto los niños como los papás, juegan y pasan sus ratos libres.

Llegando al final, está la verdadera iglesia. Hay una cruz, muchas bancas y todo está alfombrado de rojo. Ahí sí hay un podio y varias biblias. La multicancha, sin embargo, es más grande y tiene más luz. Anexo al templo hay una salita con cuatro bancas, donde los chilenos pueden ponerse unos audífonos y escuchar la misa traducida.

Pero eso no es todo. En el segundo piso viven cuatro personas: los cuidadores. Hay un living comedor, dos piezas, una cocina y dos baños. Los coreanos les dan una casa propia, a cambio de que los cuidadores trabajen para ellos y cumplan con sus exigencias. La segunda escalera lleva a oficinas. Una de ellas es un centro de reunión para los dueños, otra  un centro de padres y las demás pertenecen a coreanos más importantes.

Los sábados se realiza la reunión de coro, donde cantan y obviamente comen. Con varios instrumentos importados de distintas partes del mundo, alaban a su señor. Los domingos, reciben a más de cuatrocientas personas, entre coreanos y chilenos. Son los días con más carne, mariscos y verduras. Los hombres, al entrar al templo, vienen con su mujer varios pasos más atrás, y no por su evidente olor a ajo, sino porque su cultura así lo determina.

Como en cualquier otra iglesia, también se hacen funerales. Pero aquí no hay lágrimas. Es un carrete ideal y donde ellos se ríen como nunca. Se realizan distintos juegos y la plata recaudada va destinada a la viuda.

 

Hay que destacar, eso sí, que la iglesia dona a chilenos diez cajas de comida a la semana (las sobras). Piensan que es necesario regalar, para que después no les roben. 

 

 

 Iglesia         

 

 

 

 

multicancha interior

multicancha interior

 

 

 

“NECESITABAN UN SACERDOTE EN MI CATEGORÍA”

Padre George

El Padre George tenía su vida en El Líbano. Era un sacerdote normal, con una vida normal y una familia normal: estaba casado y tenía tres hijos hombres. Él no quería moverse de su país pero el arzobispo de la Iglesia Ortodoxa de Chile le insistió: “sobrino mío, vente aquí para trabajar conmigo”.

 

 Abre los ojos y no se le ven los labios. Al mirarlo parece chileno, pero habla y se escuchan más consonantes que vocales. El Padre George se vino a fines de 1989 a Chile. A sus hijos les costó adaptarse. George y su señora lo vieron como gajes del oficio. “Siempre el cambio tiene su huella”, dice el Padre.

En este caso la huella fue notoria. Un año después ya no eran cinco integrantes de la familia, sino seis: llegó la única hija mujer. El Padre George trabajaba en 11 de septiembre con Pedro de Valdivia en la Iglesia ortodoxa Santa María. Estuvo ahí  18 años, y recién el año pasado lo trasladaron a la Iglesia de San Jorge, en Patronato con Santa Filomena. Entre música, comercio, gente y congestión, se encuentra la Iglesia y la oficina del padre George.

“Había necesidad acá de tener un sacerdote en mi categoría. Un sacerdote bueno”, dice el Padre con dificultades en el idioma y bromeando. Estaba riendo, algo raro en él.

Conocía Patronato desde que llegó a Chile. Iba siempre, todas las semanas, ya que es la única catedral de la Iglesia Ortodoxa en Chile.

“Yo conozco a la gente de acá hace muchos años, porque ellos son de nuestra comunidad y tienen mucha confianza conmigo. Este es mi barrio, yo conozco las calles, me ubico perfecto. Además este tipo de sectores está en todas las ciudades de América Latina”, asegura el Padre al poner su mano sobre la mesa.

Hay edificios nuevos y grandes, mucha emigración coreana y más movimiento con el metro. Según el Padre, Patronato ha cambiado. “Antes era un barrio más residencial”.

El ochenta por ciento de la gente que va a la Iglesia San Jorge es árabe, ya que el barrio está formado por muchos de ellos. En La Pintana, en cambio, son cien por ciento chilenos.  El padre George cuenta que muchos buscan incorporarse y ellos no los pueden rechazar. “La gente busca, toca la puerta y uno no tiene derecho de cerrarla”.

Hoy, el Padre George está más que acostumbrado. Uno de sus hijos se casó, otros dos estudian en la universidad y la hija chilena está en el colegio.  “Todas las semanas voy a La Vega a comprar la verdura. Si olvido algo mi señora me manda otra vez a comprar las cosas”.

 

                                                        

EL REY DE LA MANZANA

Carlos Abusleme

Las familias árabes que vivían en el barrio dieron origen al comercio en Patronato. Carlos Abusleme no es la excepción.  Vivía en la calle Buenos Aires al llegar a Recoleta y su papá tenía una fábrica en la calle Domínica y un local en Patronato. Hoy, a sus 57 años, tiene dos fábricas y es el presidente de la cámara de comercio del barrio.

 

A  los 18 años Carlos Abusleme, descendiente palestino nacido en Curicó, estaba cansado de las peleas y protestas del Piedragógico. Se fue a probar suerte en los negocios de su papito: Patronato 357. En esos tiempos, hace 40 años, Patronato no era Patronato, sino Vásquez. Esas calles, ahora llenas de quioscos, eran tranquilas. Habían cinco locales, nada más.Por suerte, para algunos y mala suerte para otros,  en el gobierno de Frei Montalva se derogó la ley que antes los limitaba y ahora pueden vender a particulares. Antes, por ley, sólo se podía vender al por mayor a los comerciantes. Gran salto: chao puertas de madera y bienvenidas las cortinas metálicas. Carlos Abusleme atendía en el living de su casa y tenían el taller atrás. Comenzaron a vender por docena a particulares. “Imagínate, en esa época, la revolución que fue eso”, cuenta Carlos. El centro o Providencia era mucho más caro y la gente prefirió cruzar el Mapocho. Así las tranquilas calles de Vásquez se transformaron en la agitada congestión de Patronato.

“Hay mucha ignorancia de la alcaldía con respecto a nuestras problemáticas”. Esta frase fue la que motivó a un grupo de comerciantes del barrio, entre ellos Abusleme, a reunirse en la Iglesia Ortodoxa de Santa Filomena y fundar la Cámara de Comercio de Patronato en 1982. Carlos ha sido elegido Presidente en tres períodos. En 1988, en 1995 y en la actualidad. “Yo ya estoy retirado, pero ellos  me eligen. Me llaman porque tengo experiencia”. Quioscos, gritos, gente y más quioscos. A Carlos Abusleme no le gusta el Patronato de hoy. “No puedes caminar de tanto quiosco en la vereda, de tanta cosa. Los alcaldes para pagar favores políticos empezaron a llenar de quioscos. Se paran frente a ti, venden lo mismo tuyo y cobran mucho más barato. Obvio, porque no pagan empleados, no pagan IVA, no pagan imposición. Es una competencia absolutamente desleal”

Si no conoce a Carlos Abusleme, definitivamente no conoce Patronato. El hombre medio canoso y medio gordito además de ser el presidente, tiene dos fábricas. En éstas trabajan ochenta personas y seis atienden. “Generamos empleo”, dice él orgulloso. 

 

EL TURCO ENAMORADO DEL ALGODÓN

Saliba Jarufe

Luego de su primera visita a Patronato en 1974, no se aguantó las ganas: le gustó y se quedó.

Hoy tiene su tienda de ropa deportiva en El Manzano 285. Saliba Jarufe es uno de los árabes que se ha instalado en el sector para surgir como comerciante. Fue y es testigo del creciemiento y los cambios.

 

No pensó que, de un simple paseo a la capital chilena, surgiera toda una vida de comerciante. Saliba Jarufe es alto, casi calvo y ama el algodón. Tiene una nariz grande, ojos oscuros y ojeras, como buen turco. No tiene la típica personalidad del vendedor de Patronato, no grita y apenas se le escucha cuando habla. No se hace problemas con nadie ni con nada, sólo con la lycra. 

Se vino a Chile a los 21 años. Su hermano trabajaba en Patronato y Saliba fue empleado en una fábrica de tejidos. Ahorró y se independizó. En 1980, arrendó un pequeño local donde vende, hasta hoy, todo tipo de busos. Además, confecciona ropa deportiva para más de setenta colegios, a los que les despacha a domicilio. Tiene clientes incluso en el norte.

“Me vine a Chile por la situación de la guerra en mi país. No había estabilidad ni paz, todos los jóvenes nos arrancábamos”, dice Jarufe. Además cuenta que se parece mucho a su país: la gente, la ciudad en sí, son muy similares. Los árabes han estado en el sector desde el siglo XIX. Es más, cuando llegó él, más del noventa por ciento eran de la colonia. Ya en la década de los ochenta, llegaron los coreanos y con ellos, la competencia. “Las calles han mejorado y se han puesto muchos más locales. Claro que si ahora lo encuentras barato, antes era bastante más”, confiesa Saliba, mientras dobla los pantalones de un buso rojo.

NASIR ÁLAMO: UN ÁRBOL DE OTOÑO

Nasir Álamo

Llegó a Patronato en 1962 y desde entonces, nadie ha logrado sacarlo. Desde Ovalle, escapó de la sequía y vino a probar suerte al barrio popular. En esos tiempos, tenía un pequeño taller en el patio de su casa. Ahora, es uno de los dos dueños de la confeccionaria La Oriental, ubicada en Santa Filomena con Patronato

 

El 7 de octubre de 1962, la familia Álamo se instala en una casa arrendada del barrio Patronato. Lo primero que hacen, es amoblar un pequeño taller donde se dedicarían a la venta de cualquier cosa. “En esos tiempos, todas las casas tenían en su patio un taller. Estaba el señor que confeccionaba elásticos, había otro que hacía huinchas, y así. Nosotros no nos podíamos quedar atrás”, recuerda Nasir, quien junto a su hermano, es dueño de la confeccionaria La Oriental. Llegaron a Patronato porque su padre conocía a gente en el sector. Se acuerda que, cuando llegó, el barrio era exclusivamente residencial. No había tiendas como las de hoy, de hecho, el comercio era mínimo. Lo que sí había, eran pequeños comerciantes que se caracterizaban por ir a comprar de cinco a siete prendas, para luego venderlas afuera. Compraban dependiendo de lo que les encargaban. Además recuerda que cuando los comerciantes de provincia venían a Santiago, iban a comprar al por mayor, ya que no se vendía por detalle (de a una prenda o al consumo). “Hubo una crisis, como la que sufrimos hoy. Jorge Chaurille, mi compadre, estaba con problemas económicos y trajo comerciantes que se dedicaron a vender en oficinas públicas, de manera ambulante”, dice Nasir asegurando que, luego de un año, ese tipo de comercio fue un bum. Las calles, cuenta Álamo, eran iguales que ahora, aunque obviamente ha habido una mejoría. Han surgido nuevos locales y ha crecido la visita pública. En 1969, Nasir instaló su multitienda. Hoy, ésta tiene dos fuertes: la ropa de colegio y de huaso. En fiestas patrias La Oriental vive su mejor momento. El problema es que ambos productos son necesitados en temporadas específicas: marzo y septiembre, respectivamente. El resto del año, Nasir se dedica a la confección de sábanas, toallas y pantalones de hombre y mujer. Los precios son baratos, como en todo el barrio. “Sufrimos de la inflación, como todos. Pero en este barrio es donde menos suben los precios”, confiesa.

 A sus 69 años, dice que le queda mucho por hacer y vender. Pretende nunca irse de Patronato, pues es ahí donde se ha desenvuelto como comerciante.